Tras leer el libro de Marie Kondo, donde explica su método de orden extremo, me quedó un regusto de culpabilidad. Reconozco que un cierto orden es necesario, pero cuando criaturas bípedas andan por casa y tenemos una mentalidad occidental, más apegada a los recuerdos y la familia, es casi imposible no aumentar la entropía, e incluso caer en el caos.

Mis hijos ya están en primaria y tengo superadas esas etapas en las que su imparable curiosidad les llevaba a sacar de los cajones todo el contenido e indagaban qué había detrás de cada puerta, revisando los objetos uno por uno; llegó un momento en que me planteé tener todo por encima de 1,5 m del suelo. Bueno, superadas en otro sentido, porque a menudo discuto a grito “pelao” con ellos por el desorden de su cuarto, con ropa, libros y juguetes por todas partes, que también van apareciendo por la cocina y pasillos. Pero hoy tuve una visión distinta, me quedé mirando su habitación, llena de castillos y figuritas perfectamente colocados por tooodo el suelo y me pregunté porqué me molestaba tanto. Al fin y al cabo son sus cosas y es su decisión. Pasan horas imaginando escenas de caballeros y princesas, mezclados con romanos a los que asaltan los piratas en un fórmula uno. Las pelusas que no puedo barrer (por la cantidad de piececitas que hay desperdigadas) ambientan perfectamente el lejano oeste.

En fin, hoy decidí que no soy japonesa, que cuando necesito una tela de cortina vieja para hacer un velo de novia cadáver para haloween, la acabo encontrando y eso me produce más satisfacción que un cuarto vacío y ordenado, dentro de un límite, claro. Así que intentaré mantener bajo control los nuevos objetos que entren en nuestras vidas, e iremos deshaciéndonos de los viejos objetos que hayan cumplido su función, pero a nuestro ritmo. Crecen tan deprisa que cuando menos lo esperemos se irán todos y echaremos de menos sus dibujos del cole con “eres la mejor mamá” y esos bracitos de legos que se meten por las rendijas de la madera como saludando.

Categorías: reflexiones

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